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Coups de cœur Cultura
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La trayectoria reciente de la inteligencia artificial describe, en apariencia, un arco familiar. Durante la primera fase de dominio de los grandes modelos de lenguaje —los llamados Large Language Models o LLMs—, la IA habitó casi exclusivamente el reino de los símbolos. GPT, Claude, Gemini y sus congéneres son, en esencia, sistemas de procesamiento estadístico de texto: absorben cantidades ingentes de lenguaje humano, aprenden las regularidades que lo estructuran y producen, con notable sofisticación, nuevas cadenas simbólicas. Son entidades que piensan, si es que ese verbo les cabe, en puro lenguaje. No tienen cuerpo, no perciben el mundo, no actúan sobre él. Su relación con la realidad es siempre mediada, siempre diferida, siempre abstracta. En cierto sentido esencial, los LLMs son pura representación: existen en la medida en que representan, y representan aquello que los humanos han representado antes que ellos.
Frente a este panorama, el auge de la robótica inteligente —y más específicamente, la convergencia entre modelos de lenguaje y sistemas robóticos— señala el inicio de algo cualitativamente distinto. Un robot que percibe su entorno, que toca superficies, que calibra la fuerza necesaria para sostener un objeto sin romperlo, que corrige su trayectoria en función del error cometido, es una entidad que ya no sólo representa el mundo sino que lo habita. La distinción no es menor: el conocimiento que surge de la acción encarnada tiene una textura distinta al conocimiento que surge del procesamiento simbólico. El primero se gana en el roce con la resistencia de las cosas; el segundo se genera en la fluidez de los patrones estadísticos.