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Coups de cœur Cultura
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En enero de cierto año, el historiador colombiano Roberto Alvarado llega al Archivo General de Indias de Sevilla respondiendo a la llamada de una colega. Entre papeles sin catalogar de una donación de Extremadura hay un manuscrito encuadernado en cuero, sin autor en la primera página, sin número de acceso. Pero en las primeras líneas el autor se identifica con la brevedad del hombre que no espera necesitar presentación: yo, fray Bartolomé, obispo que fue de Chiapa.
Bartolomé de las Casas tenía ochenta años cuando comenzó a escribir lo que pudo haber sido su obra final. Murió antes de terminarla.
El libro de los lamentos reconstruye ese manuscrito imaginario en siete probanzas, testimonios en el registro legal que era la lengua de formación de Las Casas, que atraviesan medio siglo de historia colonial: La Española en 1502, la masacre de Caonao en Cuba, el experimento de Verapaz en Guatemala, la redacción de la Brevísima Relación en México, y el debate de Valladolid de 1550, donde un fraile anciano defendió la humanidad de los pueblos indígenas ante un tribunal que nunca emitiría sentencia.
El libro pertenece también a quienes no figuran en esos documentos: Xara, la mujer taína que el joven encomendero no supo ver; Caimán, que sobrevivió a Caonao; Aj Xpiyakok, el catequista maya; Tezozomoc, el escribano indígena que redactó la Brevísima sin que su nombre aparezca en el texto; Citlali Tozani, que presenció el debate de Valladolid desde el otro lado de la sala.
Una novela sobre la diferencia entre tener razón y ser suficiente. Sobre lo que se pierde antes de que uno pueda preguntarlo. Sobre el calor que todavía queda en la tinta.
Para lectores de Umberto Eco y Eduardo Galeano.