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"El Susurro del Guayas" es un conjuro noir que te sumerge en las entrañas de Guayaquil, una ciudad-bestia donde el río no solo fluye, sino que respira, juzga y escribe destinos con tinta de sangre y lodo. Renato, un chileno acorralado por deudas y recuerdos rotos, baja de un bus en el calor asfixiante del trópico con una maleta que pesa más de lo que debería. No la empacó, pero su asa marcada y su contenido prohibido lo atan a un juego que no entiende. El tatuaje en su brazo, un garabato que dice "Cobarde" pero evoca a Clara, arde como un clavo al rojo, susurrando una traición que no puede nombrar. La ciudad lo huele, con su aliento de diésel, manglar podrido y jazmín podrido, mientras el Guayas lo nombra: Renato, huevón.
En una choza que cruje como un cadáver, la Yerbatera, un oráculo de piel curtida y ojos de brea, machaca hierbas y verdades que cortan como machetes. Ella sabe más de lo que Renato quiere escuchar: su pasado, su culpa, el swap en Huaquillas que lo marcó como cebo. Ariel, un joven de sonrisa filosa y ojos de tiburón, juega doble entre narcos y antinarcóticos, cargando el peso de un hermano perdido en el mismo río. Clara, la sombra que respira en la memoria de Renato, no es solo un nombre: es su hermana menor, traicionada en un trato que él aceptó, su sangre sellada en La Prosperina.
Con un maletín sellado y un expediente que canta nombres, rutas y placas, Renato enfrenta un tablero donde cada movimiento es una condena.
Con una prosa que mezcla la crudeza punk, el misticismo febril y la precisión brutal, "El Susurro del Guayas" es un poema roto de traición, redención y verdad cruda.
Guayaquil no es solo escenario, es juez; el río no perdona, pero tampoco olvida. Renato, atrapado entre correr, quemar o rendirse, descubre que la libertad tiene un precio que el Guayas cobra con sangre. Lector, cuidado: este río te mira, y su susurro no miente.