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Coups de cœur Cultura
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Estamos asistiendo a un desplazamiento del interés narrativo. Durante gran parte de la historia de la novela, el valor supremo era la construcción de mundos. El lector abría un libro para salir de sí mismo, para habitar la piel de un egipcio en la época de faraones, para recorrer las calles de Nueva York en la era del capitalismo salvaje o para explorar los dilemas morales de un personaje en el Lejano Oriente. La trama era el motor, el hilo conductor que permitía esa expansión de la experiencia humana. El autor era un arquitecto de realidades.
Sin embargo, la tendencia contemporánea —encarnada en la metaficción y la autoficción— propone un giro de ciento ochenta grados. Ya no buscamos la ventana, sino el espejo. El interés ha cedido terreno: ya no queremos saber cómo funciona el mundo, sino cómo funciona el sujeto que mira el mundo. La trama, entendida como una secuencia de acciones que conducen a una resolución, ha empezado a considerarse una convención obsoleta, un artificio "burgués" o una simplificación de la realidad.
La "decadencia de la trama" no es, necesariamente, una pérdida de calidad, sino una transformación de la mirada. Pero el peligro reside en que, al eliminar la trama en favor de la exploración del yo, corremos el riesgo de encerrarnos en un solipsismo donde el autor ya no construye mundos, sino que se limita a describir sus propios escombros.