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Coups de cœur Cultura
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Durante las últimas tres décadas del siglo XX y las primeras del XXI, una narrativa dominante recorrió los foros internacionales, las facultades de economía y los discursos políticos de las democracias occidentales: la globalización estaba construyendo un mundo integrado en el que las fronteras nacionales se volverían progresivamente irrelevantes. La libre circulación de capitales, mercancías, servicios e información —facilitada por las revoluciones tecnológicas en el transporte y las telecomunicaciones— parecía anunciar el ocaso gradual del Estado-nación como unidad política central de la modernidad. Tratados de libre comercio, organismos supranacionales, mercados financieros interconectados las veinticuatro horas del día y redes digitales que ignoraban toda jurisdicción territorial componían un paisaje que, en apariencia, hacía innecesaria —o al menos secundaria— la vieja arquitectura política surgida en Westfalia y consolidada entre los siglos XVIII y XX.
Sin embargo, esa promesa de disolución armónica no se cumplió. O, más precisamente, se cumplió solo para algunos. La globalización no produjo una desaparición homogénea y uniforme de las estructuras nacionales, sino que generó una asimetría estructural de consecuencias profundas y todavía insuficientemente comprendidas: las élites económicas, financieras y tecnológicas adquirieron una movilidad transnacional sin precedentes, mientras las mayorías sociales —clases medias, trabajadores, sectores populares— permanecieron territorialmente ancladas a sus respectivos Estados nacionales. Lo que se presentó como un proceso universal de apertura y progreso resultó ser, en la práctica, una liberalización selectiva que benefició de forma desproporcionada a quienes podían moverse con fluidez entre jurisdicciones, mercados y sistemas jurídicos, al tiempo que dejaba a las mayorías dependientes de las instituciones, los servicios públicos, los marcos legales y las economías locales de sus países de origen.
Esta asimetría no es un efecto colateral menor ni una anomalía transitoria. Es, según la tesis central de este ensayo, el rasgo definitorio de la estructura política y económica contemporánea, y la fuente de buena parte de las tensiones, conflictos y transformaciones que caracterizan el panorama político mundial en el primer cuarto del siglo XXI.