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Coups de cœur Cultura
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Frente a la visión heredada del progreso continuo, existe una hipótesis alternativa que ha ido ganando consistencia en campos muy diversos del conocimiento —desde la filosofía de la ciencia hasta la paleontología, desde la teoría económica hasta el estudio de los sistemas complejos—. Esa hipótesis puede formularse así: la realidad —natural, social, cultural, cognitiva— no evoluciona de manera lineal y gradual, sino mediante largos períodos de estabilidad relativa interrumpidos por crisis y reorganizaciones abruptas.
Esta idea no es del todo nueva. Tiene precursores en Hegel, en Marx, en Nietzsche, en pensadores que intuían que la historia procede por saltos dialécticos, por rupturas revolucionarias, por transvaloracines súbitas. Pero lo que resulta novedoso —y lo que justifica un ensayo como este— es que en la segunda mitad del siglo XX y en las primeras décadas del XXI, esta intuición ha encontrado formulaciones rigurosas e independientes en disciplinas que normalmente no dialogan entre sí. Thomas Kuhn mostró que la ciencia no avanza por acumulación constante, sino por revoluciones que sustituyen un paradigma entero por otro. Stephen Jay Gould y Niles Eldredge propusieron que la evolución biológica no es uniformemente gradual, sino que alterna largos períodos de estasis con episodios breves de especiación rápida. Joseph Schumpeter describió el capitalismo no como un sistema que se perfecciona suavemente, sino como un proceso de destrucción creativa en el que oleadas de innovación radical barren industrias enteras para dar paso a configuraciones económicas nuevas. Y la teoría de los sistemas complejos ha mostrado que muchos sistemas —físicos, biológicos, sociales— exhiben comportamientos no lineales: pueden absorber perturbaciones durante largo tiempo sin cambio aparente y luego reorganizarse bruscamente al cruzar un umbral crítico.