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Laureano Gómez llegaría al capitolio acompañado del magistrado Pedro Alejo Rodríguez y no se posesionaría ante el congreso en pleno, de acuerdo con la usanza democrática, sino ante los magistrados de la Corte Suprema y del Consejo de Estado, como quiera que el presidente Ospina había decretado el estado de sitio y cerrado el congreso y como consecuencia de ello, la posesión debía surtirse ante las cortes.
Debió sentirse un poco raro de no ver a sus colegas parlamentarios sentados en sus curules para presenciar el ascenso a la Presidencia, que coronaba una carrera política ya lo suficientemente larga.
Y llegaba en precarias condiciones físicas, mermado por un vendaval de pasiones que había exigido más de la cuenta su organismo.
Estaba en los sesenta años de su vida, con el pelo cano.
Sin embargo, se mantenía enhiesto, con su amplia banda presidencial cruzada en el pecho, enfundado en su frac y cargando bastón, como era usual en esa época.
Tal vez fue el último presidente elegido popularmente que llegaba vestido de frac, pues el siguiente lo haría con uniforme militar y luego Alberto Lleras acabaría con esa tradición, posesionándose con vestido de calle.
Su discurso de posesión no podía ser concebido en otra forma que como lo hizo, moviéndose dentro de conceptos metafísicos, poniendo por delante los principios y en un segundo lugar su programa de gobierno.