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Coups de cœur Cultura
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Santiago no se detiene. Cambia de luz, de ritmo, de temperatura, pero sigue avanzando con esa indiferencia de las ciudades que no necesitan explicarse. En medio de ese movimiento, un hombre acostumbrado a vivir desde la comparación con su hermano —con sus antiguos amores, con la imagen de sí mismo que nunca termina de alcanzar— empieza a descubrir otra forma de estar en el mundo cuando conoce a Pau, una mujer que habita una pequeña tienda de objetos rescatados con la misma precisión con que otros sostienen una vida entera.
Ella no vende promesas ni versiones terminadas de nada. Sostiene piezas sueltas: un redoblante usado, unas baquetas, objetos que todavía sirven aunque ya no sean nuevos. Él llega con otra clase de desgaste: años de inseguridad silenciosa, miedo a ser desplazado, una historia personal construida desde el reflejo de un hermano más audaz, más visible, más querible.
Entre ambos no nace una épica romántica ni una redención limpia, sino algo más inusual y más profundo: una intimidad que no necesita explicarse de inmediato, una continuidad que no depende de la intensidad, una forma de compañía que termina transformando la obsesión en responsabilidad.
A través de calles, vitrinas, patios, muebles usados, mensajes breves y noches donde la ciudad parece respirar por cuenta propia, lo que no desaparece recorre el paso de la juventud a una madurez sin heroísmo. En esta madurez, el verdadero cambio no consiste en ganar nada, sino en dejar de pelear.
Con una prosa contenida, sensorial y precisa, la novela explora la memoria, la clase, el deseo, la rivalidad entre hermanos y el peso de todo aquello que parecía perdido, pero sigue ahí, cambiando de forma.
Porque hay cosas que no vuelven.
Y otras que nunca se fueron.