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Los Herederos del Apocalipsis No todos sobrevivirán

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Hubo un tiempo en que la humanidad creyó que siempre habría una segunda oportunidad. Cada informe científico era recibido con promesas, cada cumbre internacional terminaba con discursos grandilocuentes y cada desastre natural era tratado como una tragedia aislada que pronto sería olvidada por los titulares de la semana siguiente. Durante décadas, el mundo confundió la paciencia del planeta con una capacidad infinita para soportarlo todo.

Se equivocó.

El deterioro no llegó de golpe. No hubo un único día que pudiera señalarse como el principio del fin. Fue una suma de pequeñas derrotas acumuladas: cosechas perdidas, ríos convertidos en polvo, glaciares desapareciendo en silencio, océanos cada vez más calientes y ciudades enteras aprendiendo a convivir con inundaciones, incendios o temperaturas insoportables. Lo extraordinario terminó convirtiéndose en rutina, y la rutina acabó anestesiando cualquier reacción.

Mientras millones luchaban por sobrevivir, los gobiernos intentaban conservar una apariencia de control que hacía mucho habían perdido. Las economías se sostenían sobre una frágil ilusión, las cadenas de suministro colapsaban una tras otra y las disputas por el agua y los alimentos reemplazaban a las antiguas guerras ideológicas. El planeta seguía girando, pero la civilización que lo había dominado durante siglos comenzaba a resquebrajarse.

Las fronteras dejaron de significar pertenencia para convertirse en murallas desesperadas. Familias enteras caminaban durante meses buscando un lugar donde todavía fuera posible respirar, sembrar o simplemente beber agua limpia. Los campos de refugiados crecían como nuevas ciudades improvisadas, mientras las antiguas metrópolis se vaciaban bajo el avance del mar o el humo permanente de los incendios.

Detrás del caos visible existía otro mundo del que casi nadie tenía noticia.

Corporaciones, fondos de inversión, magnates tecnológicos y viejas dinastías políticas habían comprendido mucho antes que el resto que el colapso era irreversible. En lugar de impedirlo, comenzaron a preparar su propia supervivencia. Bajo montañas, desiertos y antiguos complejos militares nacieron proyectos secretos destinados a preservar a una pequeña fracción de la humanidad. No buscaban salvar la civilización, sino garantizar la continuidad de quienes siempre habían ocupado la cima del poder.

Aquel proyecto recibió un nombre sencillo, casi inocente: El Refugio.

Para el resto del planeta era una leyenda alimentada por rumores y teorías conspirativas. Para quienes conocían su existencia, representaba el privilegio supremo: un lugar donde el aire seguiría siendo limpio, la energía nunca faltaría y la tecnología permitiría reconstruir un nuevo orden cuando la superficie se hubiera convertido en un cementerio.

Pero ninguna fortaleza puede edificarse sin sacrificios.

Miles de científicos, ingenieros y especialistas fueron reclutados con promesas de proteger a sus familias y asegurar el futuro de la especie. Muchos aceptaron convencidos de que estaban participando en la mayor misión humanitaria jamás concebida. Solo después descubrirían que el verdadero objetivo no era salvar a la humanidad, sino seleccionar quién merecía formar parte de ella.

Entre esos profesionales estaba Nora, una ingeniera ambiental que había dedicado su vida a restaurar ecosistemas y desarrollar tecnologías sostenibles. Su fe en la ciencia era absoluta, hasta que comprendió que el conocimiento también podía convertirse en la herramienta perfecta para justificar la desigualdad más extrema.

Lo que encontró bajo tierra no era únicamente una ciudad oculta. Era el reflejo de todos los errores que habían llevado al mundo hasta el borde del abismo: ambición sin límites, poder concentrado en unos pocos y una moral sacrificada en nombre de la supervivencia.

 
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