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Coups de cœur Cultura
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Existe una afirmación que, formulada con la suficiente calma, produce en quien la escucha una reacción curiosamente contradictoria: primero, un asentimiento intelectual casi reflejo; después, una resistencia sorda, casi visceral. La afirmación es esta: somos mucho más manipulables de lo que creemos. La paradoja reside en que ese mismo "creer" al que la frase apela —esa convicción de que uno, en particular, es menos manipulable que el promedio— constituye ya, en sí misma, una demostración de la tesis. Nadie se siente genuinamente el objeto de la manipulación. Siempre es el otro quien cae en la trampa; siempre es el vecino quien vota por emociones, el consumidor ingenuo quien muerde el anzuelo publicitario, la masa sin criterio quien se deja arrastrar por el líder carismático. Uno mismo, en cambio, razona. Evalúa. Decide.
Esta ilusión no es inocente ni superficial. Es, precisamente, el terreno sobre el que se levanta el problema filosófico que este ensayo pretende examinar. Porque si la manipulabilidad fuera reconocida abiertamente por quienes la padecen, no sería manipulación sino coerción. Su eficacia depende, en gran medida, de su invisibilidad. Y esa invisibilidad no es un accidente: es estructural, está inscrita en el modo en que la mente humana construye su imagen de sí misma.