TORQUEMADA Y SAN PEDRO
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Las primeras claridades de un amanecer lento y pitanoso, como de Enero, colandose por claraboyas y tragaluces en el interior del que fue palacio de Gravelinas, iba despertando todas las cosas del sueno de la obscuridad, sacandolas, como quien dice, de la nada negra a la vida pictórica... En la armeria, la luz matinal puso el primer toque de color en el plumaje de yelmos y morriones; modeló después con trazo firme los petos y espaldares, los brazales y coseletes, hasta encajar por entero las gallardisimas figuras, en quien no es dificil ver catadura de seres vivos, porque la costra de brunido hierro, cuerpo es de persona monstruosa y terrorifica, y dentro de aquel vacio, ¡quién sabe si se esconde un alma!... Todo podria ser. Los de a caballo, embrazando la adarga, en actitud de torneo mas que de guerra, tomarianse por inmensos juguetes, que fueron solaz de la Historia cuando era nina... En alguno de los guerreros de a pie, cuando ya la luz del dia determinaba por entero sus formas, podia observarse que los maniquies vestidos del pesado traje de acero, se aburrian soberanamente, hartos ya de la inmovilidad que desencajaba sus músculos de cartón, y del plumero que les limpiaba la cara un sabado y otro, en miles de semanas. Las manos podridas, con algún dedo de menos, y los demas tiesos, no habrian podido sostener la lanza o el mandoble, si no se los ataran con un tosco bramante. En lo alto de aquel lindo museo, las banderas blancas con la cruz de San Andrés colgaban mustias, polvorosas, deshilachadas, recordando los tiempos felices en que ondeaban al aire, en las bizarras galeras del Tirreno y del Adriatico.
 
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Benito Pérez Galdós

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